Justo Vasco

Pistoletazo de salida

Ninguno de los políticos que dirigen los destinos de esta España que tan bien va ha levantado la voz en defensa de los colectivos agredidos, entre los que aparecen, curiosamente, ellos mismos junto con la prensa, los científicos y las organizaciones de defensa de homosexuales y parejas de hecho.

Publicado originalmente el 4 de febrero de 2004

No tengo la menor duda de que el pistoletazo de salida para este galope de fuerzas oscuras, que si tuviera lugar en un hipódromo podría llamarse “Generalísimo in memoriam”, lo dio Fraga Iribarne. Su indigna defensa del rijoso alcalde que, tras manosear a la hija menor de edad de un amigo, fue condenado por la justicia, su mención a los que defienden el amor libre y las uniones entre personas de un mismo sexo, acompañada por las sonrisas socarronas de sus compañeros de filas en la dirección del Partido Popular, dio la señal de que era el momento para salir a la palestra con toda la artillería.

Por eso, el documento de la Conferencia Episcopal, confeccionado desde noviembre según dicen, sale a la luz en este preciso momento. Los señores obispos deben de haberse sentido henchidos de luz celestial, dueños de la única verdad revelada, que impacientes por añadir tan juicioso y divino mensaje a su tarea como portadores de la verdadera fe lo hicieron de dominio público y ahora se disponen a incluirlo en los contenidos de esa asignatura obligatoria en la educación primaria y secundaria que se llama religión, y si no fuéramos un país de hipócritas debería llamarse claramente catequesis.

Como era de esperar, y siguiendo la epidemia de analfabetismo que infecta a los altos cargos del gobierno de Madrid –en los últimos tiempos no han leído nada, ni el documento de los obispos ni las declaraciones de Fraga-, ninguno de los políticos que dirigen los destinos de esta España que tan bien va ha levantado la voz en defensa de los colectivos agredidos, entre los que aparecen, curiosamente, ellos mismos junto con la prensa, los científicos y las organizaciones de defensa de homosexuales y parejas de hecho.

En una entrevista publicada hace poco en la prensa, el recién ungido cardenal de Sevilla decía que no había nada que cambiar en la iglesia española. Tiene razón y se lo agradezco. Que permanezca así para que nadie se llame a engaño. En esencia, sigue siendo tan medieval, mentirosa y canallesca como hace doscientos, cien o cincuenta años. Sigue oponiéndose a cualquier cambio social que implique la libre elección de estilos de vida, la igualdad de derechos de la mujer, el disfrute del cuerpo propio y ajeno cuando es consentido, la educación de los niños en los principios de la ciencia y el conocimiento y muchas otras cosas que, supuestamente, son el fundamento de la legalidad y el derecho reinante en nuestros estados. Es una iglesia que sigue cobrando diezmos, a sus vasallos y hasta a sus enemigos, generosamente regulados por un tratado con el Vaticano que no puede calificarse de rigurosamente constitucional. Es una institución de poder que miente de manera constante, borra la historia y la reconstruye a su gusto, y pretende ser portador de una moralidad de mazmorra y cinturón de castidad.

Pero si todo se limitara al regüeldo nacionalcatólico de los obispos, no habría nada de qué preocuparse. A fin de cuentas, todo el mundo tiene derecho a la nostalgia, y si los skin de derechas lloran por el difunto cabo Schickelgrüber, que otros sientan una desgarradora añoranza por los tiempos de Franco entra en el ejercicio de los derechos humanos, aunque sea de los más retorcidos.

El problema consiste en que vuelve a levantar cabeza, ya sin el menor disfraz, la reacción peninsular más ramplona, los señores de ordeno y mando, con su derecho de pernada y sus vasallos, sus guardaespaldas y sus compinches de tropelías, que se afilian o se dan baja del Partido Popular cuando les conviene, sabiendo que del poder nadie los va a retirar. Alcaldes cachondos y de manos largas, concejales que pretenden cobrarse en carne fresca el derecho al trabajo, dirigentes provinciales que, en unos pocos años, multiplican por diez su patrimonio, patriarcas que se indignan cuando alguien les propone que cumplan el código ético que dijeron adoptar alguna vez.

Y eso ocurre mientras buena parte del país mira hacia otro lado, con la esperanza de que alguno de los millones en que se bañan tan insignes gestores de la cosa pública los salpique, otros corren en apoyo de rijosos y corruptos, por aquello de que a dios rogando y con el mazo dando, y los terceros llaman al centrismo, no sea que se dañe la unidad de este país al que tan poco favor hacen.

Por eso me gustó oír de nuevo la vieja consigna de no pasarán, esa misma tan improcedente, que le pone los pelos de punta al candidato pepero y a su espónsor. Y no por nostalgia de guerras civiles o fatuas apelaciones a la violencia revolucionaria. Simplemente, porque no quiero que sus manos largas y sus ideas cortas puedan mancillar a tantos adolescentes de mirada limpia que, por suerte, aún llenan nuestras calles.

 

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